Andábamos y discutíamos animadamente sobre dónde íbamos a ir aquella noche fría,
estábamos todos. Algunos optaban por el irlandés otros, irse a casa.
Acabamos en el irlandés, pedimos unas birras y nos sentamos. Definitivamente, me gustará siempre
ese garito, con sus luces tenues y ese ambiente que le caracteriza. Pero éramos muchos y nos juntábamos
en grupos de cinco. La gente comenzó a dispersarse; unos se fueron tras terminarse la cerveza, otros a jugar al Trivial y otros, en cambio, nos quedamos en la mesa del fondo, cerca de la ventana.Más concretamente, en el rincón del bar...Charlamos, leíamos, y se aburrían.Yo, que llevaba varias birras ya, decidí evadirme pidiéndome otra, una Guiness...que delicia. Era un placer exquisito, el sentir cómo se ceñía a mi paladar cual guante, y que sólo yo disfrutaba.
Cuando los del rincón advertimos que estábamos cerrando el bar, me llamaron al móvil para ir a una fiesta.Era ya tarde, los que quedábamos allí no deseábamos otra cosa que no fuera cariño o dulces sueños, pero fuimos.
La fiesta estaba en un local lejos del irlandés, tuvimos que andar rato largo y cuando llegamos todo había muerto; la gente encocada hasta los ojos, el alcohol liquidado, personas agrupadas en círculos, vasos de plástico por el suelo... La noche había acabado en cuanto salimos del bar.Nos fuimos.
Al marchar me fijé en un chico por cómo cogía un tercio, con tres dedos; pulgar, índice y corazón.Los demás se fueron y yo,me acerqué, ya fuera por el instinto primitivo animal o por los efectos del alcohol. Nos sentamos en la acera y me ofreció un tercio, lo acepté encantada y conversamos durante horas. Yo, no hacía otra cosa que fijarme en sus manos, su boca o sus ojos...¡Dios mío, sus manos parecían suaves, su boca apetecible y su mirada, oscura y profunda! Después de tantas palabras lubricadas decidimos marcharnos para seguir la conversación en su casa. Estaba cerca, un piso pequeño en el centro de la ciudad, muy cerca también de la mía.
Acabamos entre sus sábanas,oliendo a sexo, sudados y guarros.
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