Sentada. En medio del gran pasillo del mundo. Una luz tenue se divisa por el horizonte. El frío invade mi ser y rascándome los dientes-haciendo ese peculiar sonido que tanto molesta a la gente-, pienso…
Soy como un gato negro, vagabundo, perdido entre la muchedumbre…A veces me desvanezco pero vuelvo, quizás un día me desvanezca y ya no vuelva más. Mi mente, cansada, tiene pensamientos ilógicos. Quizás mi mente sufre, por las dos.
Escucho los coches pasar y me gusta como su sonido desaparece, aun así tengo frío. La niebla de esta noche corta mi piel y el cielo encapotado, raro, pero con colores cálidos: Naranja, gris, negro-una bomba allá arriba ha tenido que explotar-. Fuera no llueve, pero en mi sí. Cansada, ha llegado lo que más temía, invierno. El frío llegará a sus brazos, a su cuerpo, a sus huesos, a su mente y con él vendrán.
Me acaricio los labios, suaves. Nadie puede ayudarme, pero me gustaría saber lo que hay detrás de esa frente, con miedo de encontrarme allí dentro. ¿Y, si soy un pensamiento?[…] No quiero formar parte del mismo día, mismo sol, misma gente pasando por la calle, mismo…quiero ser la lluvia de 2 minutos de ese día, quiero ser el eclipse de ese sol, quiero ser ese extraño que nunca has visto.
Quiero romper con la realidad, viviendo en otra realidad, pero ficticia. Por la cabeza se evaporan miles de ideas, y mis manos ya no me hacen caso, sufren. Todos se cansan, pero de mí nunca lo han hecho, siempre deseada, ardiente, morena. Pero si mis manos se han cansado de mí, ¿puedo esperar que otras personas ajenas a mí se cansen? Por supuesto que sí.
Sigue lloviendo en mí, y sigo deseando en él. Soberbia, ira, mis manos están rojas, mis ojos hinchados, fríos y despeinados. ¿Quién podría desearme ahora?
7 de Noviembre del 2010, 04.45 a.m