Ardia en silencio bajo las sábanas.
Y la culpa la tuvo el susurro
de su deseo acogido
en las curvas de mi piel.
Él ardia también.
Pensando en las misteriosas manos
que fueron a cuidar de su pelo
y su mirada perdida,
y esos labios...
que le hicieron olvidar que un día mis besos planearon en su calma.
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