viernes, 9 de septiembre de 2011

Mi quimera

Andando hacia la parada del bus. Pienso. No quiero llegar a mi destino. El viento me azota.
Advierto un olor amargo, casi a muerte. Me estremezco. He llegado. Una anciana con cara de pocos amigos espera. Podría describirla en cientos de líneas aun así no lo haré. Sobre nosotras se cierne un deseo inquietante, la llegada del bus, y el deseo no cesa. Pero no quiero que el autobús se detenga en seco. No quiero romper la relación que nos ha unido a mi y al viento en este candoroso viaje. No quiero que los deseos vuelvan a ser diferentes. Grato fue el viaje a pie, pero terminó. Nuestro deseo se ha cumplido.
Se reafirma la prisa, la confusión y las ganas de ser el primero en coger un asiento. Pero no quiero coger un "posa-traseros". No quiero retomar el peso de una vida individual en mi hombros. Yo, que desde el domingo, tengo los nervios saturados. ¿Sentido de identidad? Que no puedo dejar de observar mis pertenencias, como mis zapatillas de estar por casa, sin decirme mis zapatillas de estar por casa. A mi, que ya no me quedan preocupaciones. Quiero abrir mis manos en medio de la carretera y dejar caer mis pertenencias. Quedarme en medio de la calle, embaucada equidistantemente de las sensaciones. Sin participar. Pasiva. Viendo pasar a la gente, rostros vacíos de expresión que se confunden al ser observados. Sin deseos. Sin envidia ni curiosidad. A continuación dejo mis fantasías y reposo mirando por la ventanilla, a través del cristal puedo advertir como la rapidez de la máquina hace confundir a mi vista pudiendo solo admirar lindas imágenes nítidas escasos segundos. Pienso...en la siguiente parada me bajo. Estando a punto de estallar en el corazón de la ciudad me abstraigo de mis pensamientos y observo a las personas que están a mi lado. Un adolescente se mira el ombligo mientras se acicala reflejándose por la ventanilla. Vanidoso. Me es poco productivo observar ese tipo de comportamientos. La anciana se suena la nariz, otros quieren imitarla pero no pueden, no son ancianos. Otro deseo cumplido. El cacharro ha parado. Me despido sin hacer ningún gesto. He llegado a mi destino, me aceptan...¿ quíenes ?. No pregunto. De las bocas de la ciudad salen disparadas almas laboriosas. Confirmando mis sospechas y mi teoría de la individualidad. Yo, en cambio, no tengo propósitos ni metas y si las tuviera no se cumplirían. Divago, al igual que un espejo...reflejo.
No puedo recordar nada, no puedo recordar el pasado, ni mi imagen, ni la opinión que tengo de mí misma en general. Sólo en momentos de peligro en los que salta y se apresura el deseo de proteger mi cuerpo. Apoderándose de mi y paralizándome. Aquí. Frente a este coche. Y se me escapa, por alguna fisura,  grieta, el suspiro de la identidad. Ya no formo parte de la calle, la observo, curiosa. Y me formo, me hago diferente, me prolonga la vida misteriosamente. Pero me asalta otro deseo, brillar cerca de mi amigo. Mucho he andado por la oscuridad, lejanas tierras. Quizás sea él felicidad, porque me devuelve sensaciones, curiosidades y el irresistible deseo de ser yo misma. Quedo en trance. Cojo el móvil de mi bolsillo, busco los números de mis correspondientes compañeros y les hago una perdida. Me llaman, los localizo. Llego y ahí está, mi felicidad. Me empapa una ola de sensaciones, y me siento pero no muy cerca de él, tampoco lejos. Los demás preguntan y lleno mi mente con campos de hierba mojada y el viento soplando suavemente en mi cara para proteger a mi alma de sus miradas. Siento que él me abraza en secreto, siento que su risa hace nacer lenguas de fuego a mi alrededor e iluminan mi rostro. El huracán desaparece y se desvanece con él. Se despide. No sé a dónde irá. Un sentimiento de preocupación me invade, pero no lo hago notar. Sin él no hay solidez. Soy un cuerpo hueco, un fantasma, una silueta, una sombra. Me voy. A buscarlo en secreto para encontrármelo de ''casualidad'' de camino a casa, ¿dirías qué es amor?. No, puede que esa palabra sea demasiado concreta, no puedo anudar la amplitud y la extensión de sentimientos en una palabra tan pequeña. Lo encuentro. Está en un restaurante. Una chica le habla empolvándose la nariz mientras le da conversación. Presumida. Sigo sus movimientos desde la cristalera, los de él. Él come, le conozco. Pierde gradualmente todo conocimiento de los hechos particulares al comer. Comer es su preocupación. Degustar el manjar y saborear los deliciosos bocados que se le presentan en el tenedor.Estabilizan su cuerpo. Bebe vino, fresco, ciñéndose cuál guante en su paladar. Se encuentra en el edén de sí mismo. Ella no me preocupa en absoluto, así me marcho. Sé que él está feliz, con eso me basta. Pero está fuera de mi alcance.
Me aventuro, camino y me pongo en marcha. Algo me retiene y me detengo. Me siento en un banco. Aquí voy a llenar mis vacíos. Aquí haré que esta noche esté llena de sueños..me anudo en mí. Mi cuerpo se torna y mi piel se vuelve tosca y fría. Todo lo que siento es real, firme y sin sombra de ilusión. De mi frente caen violetas marchitas con el fin de mi belleza. Ante mi, una botella de cristal. Mis ojos están vidriados y amarillos, casi duros. Tengo las manos contraídas, dispuestas a cerrarse duramente. De mi ojo caen fluidos insustanciales. A punto de dormir, helada ya. Le veo pasar, y no mira atrás. Ya vendrán más días y más noches en las que no pueda ni observarle desde lejos. Le oigo murmurar, críptico y me digo: No duermas, no sueñes, camina. Pero este es el final, este es mi relato, mi quimera.

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