Bajó con rapidez las escaleras y cerró cuidadosamente de un portazo la puerta del portal. Miró el reloj que llevaba en el bolsillo, esta vez sería puntual, había salido tres minutos antes de casa. Pensó que Eris estaría esperándola donde habían quedado. Tenían una fiesta, Gin celebraba el cumpleaños de su tortuga, que cumplía ciento veinti-y-pico años. Llegó rápido y Eris la felicitó, le habían salido tres bultos, ¿por qué? Muy sencillo, hizo una apuesta con una anciana. La apuesta consistía en que si Rose llegaba puntual a la cita, la anciana le daría un mordisco a Eris…Y Eris hizo el trato, sabiendo que es alérgica al muerdo de las ancianas, en cambio, si llegaba tarde-como de costumbre- la anciana se convertiría en burbuja. Yo hubiera hecho también esa apuesta, el dinero hoy en día lo es todo… Total, que se fueron a la fiesta. Eris no sabía donde era, y Rose tampoco pero las habían advertido sobre la puerta, que por lo oído era muy diferente. Después de recorrerse todas las calles de “¡Oh!”, llegaron. La puerta…irreconociblemente redonda. Eris entró, en cambio Rose se quedo un momento fuera, quería abrocharse el abrigo antes de entrar. Fuera, las chinas que había en la acera saltaban rítmicamente por las ondas musicales que se escapaban de la casa. Cuando Rose se abrochó el abrigo decidió esperar a Eris, porque sabía a ciencia cierta que saldría a fumarse un pitillo tras ver el panorama. Pasaron dos chicos andando de espaldas. Rose solo podía verles el cogote, la espalda; envuelta con un abrigo hasta los pies, los tobillos y la parte trasera de los zapatos. Rose divagó unos instantes sobre el amor, el enamoramiento, la conciencia de muerte y la adolescencia, hasta que llegaron los misteriosos muchachos. Como andaban hacia atrás, Rose se adelantó a ellos y se puso a unos metros en frente de la puerta para verles las caras. Se echó a llorar desconsoladamente cuando logró verlos… ¡No tenían rostro!¡No tenían rostro! Limpió sus ojos con los puños de las manos. No daba crédito. Volvió a abrir sus ojos, y contempló como se alejaban los ‘’sin cara’’, adentrándose cada vez más en la casa. Poco después salió Eris, temblando, asustada. Lloraron juntas, sentadas en la acera. Las lágrimas de Rose se evaporaban al caer en su piel, ardía de dolor. Eris fumaba rápido, unos cinco cigarrillos a la vez. En la fiesta Nadie tenía rostro, solo Nadie. Los demás sin cara…como monos en la selva...¡bailando eróticamente unos con otros! Eris terminó sus cigarrillos, y Rose terminó de quemarse las manos con sus lágrimas cuando decidieron irse. Decepcionadas, pues no vieron a la tortuga de Gin.
Eris le contó a Rose de camino a casa que se tomó un par de copas dentro, y que enseguida fue al baño para expulsarlas. Le contó también que aunque la música retumbaba,las paredes eran tan finas y endebles que escuchó como los adentros del vecino se retorcían hasta poder echar las flatulencias por el ano, fascinante con duda. En fin, Rose lo único que quería era tumbarse de forma perpendicular al suelo sobre un cómodo césped seco, amarillento y pastoso, que se hincaran los rayos del sol en su piel, y que Denis la acompañara, siempre de él, pero en espíritu.
P.D: Algo huele a podrido en este relato.
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