Ya no están. Se fueron.
Aquellos infinitos besos
virginales,
siluetas inexistentes.
Silenciosos, marchitos.
Al igual que los ciegos días,
han sido difuminados de la
memoria, quedando solo
retazos de lo imposible,
diáfano esqueleto
que se despide del rápido
vuelo
del arcángel
llorando ante el espejo de
Nietzsche
sin pensamiento,
es decir,
sin palabras
que perduren en el fondo
alocado de tu mirada.
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